HISTORIA DE MARTINA
Fue unos meses antes de que Ángel cumpliese sus treinta años, en las inmediaciones del barrio de Flores; allí nace ésta historia que, sin embargo, comenzó a percibirse algún tiempo antes; con sus aislados primeros síntomas incapaces de ser agenciados por cualquier enfermedad que existiese. Extraños síntomas y la manía de sus sospechas que fue influenciando cada uno de sus actos. Fue progresivo, poco a poco, y sin embargo me tomo por sorpresa; antes de que pudiese encontrar las palabras para hablarle comenzó a aferrarme con rudeza de las muñecas; y yo, inmóvil, tratando de concentrarme en mis pensamientos, buscando en vano palabras para tranquilizarlo. Su mano estaba fría y temblorosa. De pronto me soltó y corrió hacia el sótano, bajó las escaleras a los tumbos para ya no volver a subirla.
No se nada de los motivos que me traen a escribir ésta historia; quizá lo haga por las tantas veces en que tuve frente a los míos sus ojos enfermos de tanto pensar; por las tantas ocasiones en que creí verlos pedir ayuda; o quizá la escriba por los largos años que compartimos, por el nacimiento del ciclo de nuestra especie juntos: el colegio, la facultad de ciencias, tantas largas noches de ecuaciones, fórmulas y curvaturas; reflexiones sobre el arte, conversaciones y pensamientos intercambiados que terminaban por mezclarnos y por fundirnos para luego confundirnos el uno con el otro. Por todo ello, seguramente… y finalmente, quizá lo haga, quizá escriba ésta historia por la idea que fue surgiendo de maltratarlo impunemente… el amor es diverso, viaja de muchas formas sobre la tierra.
Tener un amigo en el sótano fue peor de lo que me había imaginado… las cosas a las que tememos suelen ser peores cuando ocurren que cuando las imaginamos… cuando rodó a los tumbos escalera abajo lo primero que pensé fue que sería cuestión de unos minutos, que podría convencerlo y hacerlo entrar en razón, no se me hubiese ocurrido en ese entonces que transcurrirían los días, y que Ángel seguiría encerrado allí abajo, atándose a todas partes, convencido de que de un momento a otro dejaría de regir la ley de gravedad, que los patrones de la ley universal de Newton perderían valor de pronto, que se evaporarían y entonces todo y todos flote y flotemos como globos en la estratosfera vacía de la fuerzas para empujarnos hacia abajo.
Transcurrieron veinticinco meses, perversos y lastimosos meses con él anudado a sogas y elásticos de pies y manos a todos lados: tensado a puntos fijos en el piso que él mismo fue instalando, colgado de las vigas del sótano de mi casa para no volarse.
No es que no se me ocurran cosas para hacer, se me ocurren muchas pero todas ya parecen inútiles, tal vez la menos inútil sea escribir la historia del universo pequeño y ausente en el que Ángel supo exiliarse y al que pudo arrastrarme hasta éste instante.
Luego viajar, ver la montaña, el valle, el río, el molino, las piedras, las truchas, verla a ella; oír los pájaros, las cabras, oler el monte, los árboles transpirados, sus aromas. Llevarlo conmigo.
El hecho
Aquella mañana del tres de noviembre el cielo parecía un bloque de hormigón. Habían llovido piedras enormes: inmensas piedras desde el cielo hacia los techos, piedras cómo jamás había visto en mi vida llover y que parecían destruir las chapas de todos los techos del barrio.
Martina y yo habíamos estado mirando el paso veloz y oscilante de las piedras por la ventana entreabierta; escuchando su estruendo infernal sobre los techos y contra las baldosas blancas y negras del pequeño patio, en silencio, absorto por el estallido de esa tormenta, cómo si cada excusa siempre sirviese para nunca decirnos nada.
Esa mañana las hojas de los Fresnos revoloteaban por los aires del patio en cantidades, iban y venían, flotaban y se sumaban a otras mientras se mezclaban con el granizo. Las plantas que en algún tiempo fueron ritual para nosotros se terminaban de destruir, caían al piso y se estallaban las macetas, se despedían del abandono al que habían sido condenadas, ramas secas que se embriagaban en agua hasta estallar. Viento, piedras, lluvia. Truenos que vibraban cómo roncos bandoneones contra los vidrios y las paredes que temblaban desde el zócalo y resonaban en el techo. Y relámpagos. Rayos que iluminaban y descubrían las capas de nubes que se posaban unas sobre otras cada vez mas oscuras para amontonarse en cúmulos negros sobre las terrazas, allí nomás de las antenas caídas y los postes del cableado… y nosotros sin tocarnos, sin rozarnos, sin encontrarnos, y por sobre todas las cosas sin decirnos nada, mudos cómo si nada estuviese ocurriendo entre ambos, haciendo cómo si todo fuese absolutamente normal, hasta el mismo inmenso temporal.
Ese tres de noviembre fue la última vez que amanecí con Martina y durante el resto de mi vida recordaré esa mañana. Ángel llevaba trece meses con nosotros, amarrado con sus tensores y cuerdas, con sus alambres, anudado y asegurado en la oscuridad húmeda del sótano de mi casa, pero aún dormía: un instante burlesco y mentiroso que Ángel nos regalaba cada día: su silencio de cada mañana, el instante para el acontecimiento que resonase en mi relación con Martina y generase un encuentro, un intercambio con ella, una mezcla entre ambos cómo en aquellas noches de charlas con Ángel en las que intercambiábamos conceptos y pensamientos, y nos fundíamos y nos fugábamos por alguna dirección extraña… un instante burlesco!
Por intentar explicarlo y que se entienda, Ángel no sólo creía que todos los cuerpos se elevarían al espacio independientemente del peso de su masa, sino que además tenía la reducción de sus ecuaciones a niveles comprobables y explicables, entonces trataba de alertarnos y advertirnos, nos prevenía insistentemente aunque con palabras correspondientes a una lógica otra, hablaba de la visión del mundo heredada de una física que ya es antigua, había redactado una teoría acerca de la aceleración inversa de la gravedad, de la nueva curvatura del espacio, de sus grietas; del tiempo y del vacío; pero poco a poco sus palabras academicistas, sus explicaciones reduccionistas se fueron volviendo agresivas, gritos desquiciados y desgarrantes, insultos enfermos y llantos roncos. Entonces luego se puso violento, comenzó a golpear las paredes y los techos con las herramientas que encontraba allí abajo hasta que entonces ya no pudimos volver a bajar. Allí entonces quedó mi amigo, nosotros solo escuchábamos el ruido y los gritos que parecían desgarrar sus cuerdas vocales, pero ya no lo visitábamos, le arrojábamos la comida desde arriba, el agua, al principio algunas toallas y otros elementos de higiene, pero luego sólo arrojábamos la comida y el agua, y sin siquiera darnos cuenta comenzamos a tratarlo cómo a un animal desagradable. Sus insultos adoptaron idiomas extraños. Sonido, ruido que devino nuevo idioma, y su voz se oía cómo una especie de rugido grave y potente. Fue entonces cuando Martina y yo nos encantamos con la música. Bach, Chopin, Piazzolla, y tantos otros. Todo parecía conducir al silencio en el sentido de no decirnos nada.
Aquel trozo de mañana en la que cayeron cascotes inmensos fue un instante para el acontecimiento, pero sin embargo yo no quise atravesarlo. Martina llevaba puesta una musculosa verde, había recogido su flequillo detrás de la frente dándole peso a sus enormes ojos negros y, un has de luz, que pegaba por encima desde la lámpara calada, encendía su escote, lo iluminaba haciéndolo aún mas atractivo y deseable. Una musculosa verde y debajo nada, sus enormes pechos y sus pezones que se dibujaban en contorno contra la tela suave, señalando, empujando hacia fuera. Ese tres de noviembre la acompañé por el largo pasillo hasta el umbral, observé cómo movía sus curvas al caminar delante, cada uno de sus pasos y descubrí entonces que bombacha llevaba puesta, luego me adelanté, abrí la pesada puerta con ambas manos y la besé muy lentamente con mi lengua; la miré una vez más a sus bellos ojos negros y le dije adiós en silencio; sin saber que era para siempre.
Más tarde los siete colores del arco iris atravesaron un nubarrón oscuro que insistía solitario al tiempo en que Ángel se despertaba y comenzaba con su infierno sonoro; eso también lo recordaré.
Los móviles
Después de aquella mañana de enormes piedras ella nunca más volvió. Ni llamó, ni escribió una carta. Ni nadie me dijo nada de algo que le hubiese ocurrido a ella. Se fue hermosa, cómo hacía tiempo no la veía, con su musculosa verde y sin nada debajo, sin dejar rastros ni huellas. Se fue y día a día, de tanto extrañarla me fui sumergiendo en la melancolía más grande y oscura. Amor a un paso del odio, umbral, desgarro por la espera deseosa de que algún día llegase de nuevo siendo la misma mujer que era, por oír las llaves de pronto y verla sonriente y ausente pero cómodamente abrigada en mis brazos. Flotando en esa espera extensa y confusa comencé a descender lentamente hasta llegar al móvil: la intersección de todas las sensaciones que se mezclaban en el entonces. La idea, fue escarbando mi cerebro cómo un rizoma, bifurcándose por las capas cómo una cebolla hasta encontrar la última y más morbosa y al mismo tiempo la más hermosa. La intersección de todo. Acontecimiento. Satisfacción. Éxtasis. Moho. Olor. Sustancia. Materia. Magma primigenio del que fui desprendido y al que debía volver.
Unos días antes había pensado en abandonarlo, en correr a buscarla y dejarlo, pero luego, cuando comenzó a gritar esas palabras sin sentido, y comenzó a rugir, y a golpear ferozmente crujiendo cómo una bestia infantilizada en su desquiciado sacramento, finalmente me encontré, sin desearlo ni sospecharlo, en el lugar en donde la plenitud es igual a la nada, donde se terminan el pensamiento y el ser y entonces lleno no es mejor que vacío: la pleroma. Despojado y en vacuidad solté al piso los pinceles, tiré el atril con la tabla a un costado para pintar entonces la más bella de todas las obras. Finalmente lo había comprendido: debía soltarlo todo para lograrlo. Recordé entonces a Rothko y su abstracción en bloques, recordé su sangre y la comparé con la mía; estaba seguro de la belleza del momento, los símbolos se desplegaban unos tras otros, entonces lo hice: la creatura: energía informe y quietud.
Pasaron unos dos años desde aquella mañana de lluvias y enormes piedras. Aun la espero… hace tres noches que Ángel se pudre allí abajo. Largas cáusticas noches. Hay mucho olor. Su cuerpo se descompone y las moscas zumban por todas partes sin cesar un instante. Me sudan las orejas y parecen tapiadas por la cera. Los perros de los vecinos ladran, rascan las paredes.. Cucarachas que caminan y que vuelan en todas partes.. Las ratas transitan las cañerías, rumiantes debajo de los pisos de madera y por el patio, las oigo por las noches y las confundo con el zumbido de las moscas, estoy seguro en el sótano hay cientos de ellas. Temo que los vecinos comiencen a sospechar: el bao es rancio y pervierte el aire, penetra las fosas nasales hasta formar una mucosa adherida a las paredes de la nariz, una corneta de mocos amarillos y el pulso que me tiembla sobremanera.. El olor se expande viscoso por los ambientes, ha ganado todo el baño, sube desde la bañera y el inodoro.
Don Mateo ha venido ya dos veces, nunca he dejado que entre pero desde la puerta arqueaba el seño por sobre encima de mi hombro, la última vez dijo algo de las cloacas a lo que no preste atención… quizá deba contar todo a Don Mateo, con él tengo un vínculo especial.
Las formas
Ese atardecer en el que pintaba desganado Ángel comenzó a gritar. Gritaba y pegaba alaridos animales. Lloraba. Gemía tan fuerte cómo un cerdo en pleno sacrificio. Fue entonces cuando largué los instrumentos al suelo, ese fue el precioso instante a pesar de que aun no lo sabia, aun no era consciente de ello, subí pues el volumen a tope de esa maravillosa pieza musical y en ese preciso momento los violines surgieron imponentes; después el bandoneón ronco, el piano y el contrabajo: era La muerte del ángel…
Bajé al sótano maloliente después de mucho tiempo. Aún no sabía los móviles de tal decisión pero podía sentir la atracción del canal. Bajé lento y curioso, peldaño a peldaño y asombrosamente, peldaño a peldaño fui descubriendo que crecía mi apetito. Todo parecía ser válido, incluso los deseos más perversos. Al llegar al último escalón hice a un lado la cortina grasienta… al principio no me encontré con nada salvo el impacto del mal olor, pero luego, cuando mis pupilas se acostumbraron a la penumbra comencé a distinguir el contorno de una figura desgarrada y ensombrecida. Era Ángel, volvía a verlo después de mucho tiempo y sin más sentí un amor profundo e inmenso por él. Tenía el torso descubierto, descascarado, escamoso, sarnoso, cubierto de excrementos.. el cráneo en capas, sin pelos en algunas zonas mientras que en otras crecían largos mechones. Estaba encorvado y encogido. Tenía los ojos desorbitados, sueltos y flojos sobre las cuencas. Le faltaba una mano y en su lugar había un muñón formado, sus pupilas hinchadas y su baba espesa esparcida en toda su cara. Cómo hasta entonces, gritaba y no dejaba de hacerlo, pero yo no lo escuchaba. Arriba los violines se desgarraban de belleza: La muerte del ángel era mucho más poderosa que su rugido absurdo y entonces su voz no era mas que una mueca exagerada y sin sentido. Su boca abierta gritando muda dejaba descubiertas sus encías desdentadas, peladas, sangrantes; pero, el olor, el impacto del hedor que desprendía aquel cuerpo en descomposición, sin más, volvió a despertar mi apetito. Todo podía ser posible, el deseo era energía virgen que descansaba en lugares impensables, era real, era mi ética que se alzaba y se imponía por sobre encima de todo. Eran los signos puestos a luz… La primera patada fue seca sobre su pierna izquierda, sus huesos sonaron por sobre la música; las siguientes, una vez Ángel caído, fueron en la cabeza, en la cara, y en las costillas. Disfrutaba con cada golpe que le aplicaba, y con cada golpe más me sorprendía. Tomé un palo, algo así cómo la pata de una mesa y golpeé con fuerza varias veces en sus oídos: deseaba que sus tímpanos estallaran, le golpeaba frenéticamente las orejas con la idea fija en la cabeza descansando; un golpe tras otro y de vez en cuando pateaba sus costillas, las sentía quebrarse detrás de mis zapatos. Acudían nuevas ideas a mi mente, deseos de que sufriese un martirio en plena consciencia cómo el que yo he sufrido desde su llegada, por el sencillo equilibro, allí estaba la intersección, porque somos viejos amigos, y porque para ello fui su hospedador y porque para ello él acudió a mí sin titubeos y porque por ello ella se ha ido.
Estaba tendido en el piso cómo un cachorro tembloroso. Sufría espasmos y de cuando en cuando alzaba sus ojos y estoy convencido que nos reconocíamos, nos mirábamos emocionados y recordábamos nuestros tiempos pasados en una melancolía compartida. Un instante maravilloso. Cuánto más profundamente se exploran las cosas, más maravillosas y significativas se vuelven. Volví a golpear sus oídos con un amor sincero y supremo hasta que sangraron; fluyeron ríos de sangre agria y ácida desde sus orejas mientras se desvanecía de sordera. Cerró los ojos y se oprimió las sienes, la materia brotó cómo un vómito efervescente. Tembló de frío interno. Gimió levemente al tiempo que la orquesta cesaba el concierto: ciertas cosas desean suceder juntas.
Un charco rojo y espeso comenzó a crecer bajo su cuerpo convaleciente y tembloroso.
Las progresiones
Es la quinta noche. Cuatro interminables noches de insomnio y paranoia, más ésta que asoma. Las cosas no están bien, ésta tarde vino Don Mateo, golpeó la puerta y dejé que entre. He intentado explicarle los hechos, los motivos por los cuales los sucesos que han transcurridos. Quise hablarle de mi experiencia esperando encontrar en ese viejo rugoso algo de algo: compasión, complicidad, o lo que fuere; pero ni siquiera ese abuelo con huesos de fósil pudo apiadarse, ni aún pudo disfrutar del arte de ese simulacro que había allí abajo. Nada de nada. Por el contrario intentó huir como un enemigo, seguramente a hablarle a todos, a los vecinos, a la policía y a las revistas críticas de la materia. Intentó traicionarme pese a mis palabras claras; el mismo con quien una vez tuvimos una conversación tan interesante sobre Apollinaire, Dostoievsky, con quien hablamos de Miró, además de babosearnos con las improvisaciones de Kandinsky, el mismo con quien creí existía un vínculo especial corrió inocente hacia la puerta… sin saber que estaba con llave. Huyó cómo un insecto sin siquiera sospechar que había dado una vuelta a la cerradura, por si acaso. Hace unas horas que el viejo yace en el sótano junto a lo que queda de mi amigo..
Mi estómago no anda bien, sufre alguna especie de combustión, me siento descompensado, vomito a cada rato una viscosidad amarillenta y espesa, también he sufrido algún desmayo, aunque desconozca la duración de los lapsos. Puede que la densidad del aire sea la esencia de éste cuadro clínicamente extraño del que estoy sufriendo. Cuando Don Mateo comience a descomponerse esto será un matadero clandestino.. Las moscas son cada vez más, vuelan por todas partes y se posan sobre mi piel traspirada, absorben algo de mi interior pero ya me he acostumbrado a ellas, han imantado a mi cabeza un coro de zumbidos constantes, sus piezas me producen unas fuertes e insoportables jaquecas que me perforan cómo un taladro en el cráneo. Mis poros han absorbido la babosa estela que vuela en el ambiente y huelo a ellos… se impregna cómo un tapiz de corcho, tengo mareos y náuseas, tengo también algunos temblores. Las ratas me pasean entre las piernas, parecen gatos capaces de escabullirse debajo de una pequeña hendija, me han mordido varias veces. Cucarachas. De las canillas sale agua amarilla pero debo beberla para no deshidratarme, hace mucho calor aquí dentro y vuela una estela viscosa.. He tapiado las ventanas y las puertas clavando unas tablas hermosas incluyendo a mi preferida. Los símbolos se han revertido, la cosa esta podrida por adentro, me encuentro perdido y sólo, lejos de los afectos.. Extraño mucho a Martina, he soñado con ella en algún momento… extraño mucho sus ojos negros. Mi estado de salud ha desmejorado considerablemente. No es que piense lo peor, ni modo, es que entre el zumbido de mis oídos y mi estómago descompuesto he comenzado a preocuparme, además las fuertes jaquecas ya no dejan concentrarme.
Las posesiones
Después de golpear ferozmente a Ángel fumé un cigarrillo sentado sobre uno de los peldaños. Apreciaba desde la altura de la escalera la creatura con éxtasis. Mientras pitaba y aspiraba el humo también aspiraba con curiosidad el aroma rancio del cuerpo de mi amigo en descomposición. Sentía eso mientras fumaba y mientras ojeaba sus anotaciones, todas las fórmulas y sus comprobaciones, allí estaban sus ecuaciones y derivadas, sus integrales y las flechas hacia todas las direcciones. Recordé entonces los años de estudios en física y las incursiones en psicología y filosofía, comprendí que de verdad quería mucho a mi amigo. Me acerqué a él para abrazarlo y entonces absorbí cómo una bocanada de aire el olor de su carne sangrante. Tome el viejo hacha que brillaba su filo entre la oscuridad y la hendí sobre su hombro izquierdo separando el brazo entero del resto del cuerpo, fue un movimiento veloz y un corte perfecto. Luego la hundí en el derecho, el del muñón; después en las piernas, una a una, y por último el cuello. Separe todas sus extremidades y tome el torso para abrazarlo profundamente. Lo tuve entre mis brazos mientras comprendía que le había quitado la posibilidad de abrazarme. No lo necesité, sólo lo abracé y le confesé cuanto lo amaba. Su boca parecía seguir murmurando incoherencias desde el piso, sobre el charco de sangre que seguía vertiéndose desde sus orejas. Luego lo solté, lo puse en su sitio, en el espacio que me ofrecían todas sus extremidades cómo un rompecabezas a falta de una pieza. Lo observé con paciencia y pude reconocerlo perfectamente. Era muy inteligente y no había señal de que estuviese perturbado. Tome el cráneo y arranqué sus orejas con mis propias manos, le susurré unas palabras al oído y las lamí, posé una de ellas sobre mi lengua, dentro de mi boca. Las chupé y sentí que se ablandaban. Corté a Ángel en partes, hice varios filetes y los comí crudos sintiendo un profundo y prolongado éxtasis sexual. Bebí después algo de su sangre, aquella que se vertía del orificio en el que hace un instante estaban sus orejas; introduje uno de mis dedos en el orificio y sentí al tacto la materia allí dentro: sangre cerebral, pensé, en una de las experiencias más agradables y afrodisíacas jamás experimentada. Arranque sus ojos de las cuencas y bebí su líquido, su humor. Tome un brazo y lo comí a mordiscos lentos. Descubrí que si posaba la carne un instante en el paladar superior y con la lengua la humedecía, la carne se volvía cada vez más tierna y sabrosa. Lo recordaba en cada trozo que ingería, era una especie de comunión. Luego lo vomité, para después seguir comiéndolo. Comí de lo que vomite y recordé el accionismo vienes, supe que era el camino correcto.
Historia de Martina
Éste manuscrito fue hallado en el interior de la vivienda de Joaquín Baez en un domicilio del barrio de Flores, según las pericias, dos días después de su muerte producto de una intoxicación por ingerir carne humana. En el sótano se halló el cadáver de Mateo Molina y parte del cadáver de Ángel Balmaceda, podían allí observarse huellas claras de actos de canibalismo.
Martina Bayón salió de su casa el 3 de noviembre de 1991, tomó en ferrocarril Sarmiento a las once de la mañana y sacó boleto a Moreno. Cerca de Liniers fue asaltada y asesinada por unos bándalos quienes la arrojaron a las vías antes de darse a la fuga. Martina murió aplastada por el mismo tren en el que viajaba. Nadie reclamó el cuerpo de Martina Bayón y sus restos fueron enterrados en el cementerio de Chacarita.
No se nada de los motivos que me traen a escribir ésta historia; quizá lo haga por las tantas veces en que tuve frente a los míos sus ojos enfermos de tanto pensar; por las tantas ocasiones en que creí verlos pedir ayuda; o quizá la escriba por los largos años que compartimos, por el nacimiento del ciclo de nuestra especie juntos: el colegio, la facultad de ciencias, tantas largas noches de ecuaciones, fórmulas y curvaturas; reflexiones sobre el arte, conversaciones y pensamientos intercambiados que terminaban por mezclarnos y por fundirnos para luego confundirnos el uno con el otro. Por todo ello, seguramente… y finalmente, quizá lo haga, quizá escriba ésta historia por la idea que fue surgiendo de maltratarlo impunemente… el amor es diverso, viaja de muchas formas sobre la tierra.
Tener un amigo en el sótano fue peor de lo que me había imaginado… las cosas a las que tememos suelen ser peores cuando ocurren que cuando las imaginamos… cuando rodó a los tumbos escalera abajo lo primero que pensé fue que sería cuestión de unos minutos, que podría convencerlo y hacerlo entrar en razón, no se me hubiese ocurrido en ese entonces que transcurrirían los días, y que Ángel seguiría encerrado allí abajo, atándose a todas partes, convencido de que de un momento a otro dejaría de regir la ley de gravedad, que los patrones de la ley universal de Newton perderían valor de pronto, que se evaporarían y entonces todo y todos flote y flotemos como globos en la estratosfera vacía de la fuerzas para empujarnos hacia abajo.
Transcurrieron veinticinco meses, perversos y lastimosos meses con él anudado a sogas y elásticos de pies y manos a todos lados: tensado a puntos fijos en el piso que él mismo fue instalando, colgado de las vigas del sótano de mi casa para no volarse.
No es que no se me ocurran cosas para hacer, se me ocurren muchas pero todas ya parecen inútiles, tal vez la menos inútil sea escribir la historia del universo pequeño y ausente en el que Ángel supo exiliarse y al que pudo arrastrarme hasta éste instante.
Luego viajar, ver la montaña, el valle, el río, el molino, las piedras, las truchas, verla a ella; oír los pájaros, las cabras, oler el monte, los árboles transpirados, sus aromas. Llevarlo conmigo.
El hecho
Aquella mañana del tres de noviembre el cielo parecía un bloque de hormigón. Habían llovido piedras enormes: inmensas piedras desde el cielo hacia los techos, piedras cómo jamás había visto en mi vida llover y que parecían destruir las chapas de todos los techos del barrio.
Martina y yo habíamos estado mirando el paso veloz y oscilante de las piedras por la ventana entreabierta; escuchando su estruendo infernal sobre los techos y contra las baldosas blancas y negras del pequeño patio, en silencio, absorto por el estallido de esa tormenta, cómo si cada excusa siempre sirviese para nunca decirnos nada.
Esa mañana las hojas de los Fresnos revoloteaban por los aires del patio en cantidades, iban y venían, flotaban y se sumaban a otras mientras se mezclaban con el granizo. Las plantas que en algún tiempo fueron ritual para nosotros se terminaban de destruir, caían al piso y se estallaban las macetas, se despedían del abandono al que habían sido condenadas, ramas secas que se embriagaban en agua hasta estallar. Viento, piedras, lluvia. Truenos que vibraban cómo roncos bandoneones contra los vidrios y las paredes que temblaban desde el zócalo y resonaban en el techo. Y relámpagos. Rayos que iluminaban y descubrían las capas de nubes que se posaban unas sobre otras cada vez mas oscuras para amontonarse en cúmulos negros sobre las terrazas, allí nomás de las antenas caídas y los postes del cableado… y nosotros sin tocarnos, sin rozarnos, sin encontrarnos, y por sobre todas las cosas sin decirnos nada, mudos cómo si nada estuviese ocurriendo entre ambos, haciendo cómo si todo fuese absolutamente normal, hasta el mismo inmenso temporal.
Ese tres de noviembre fue la última vez que amanecí con Martina y durante el resto de mi vida recordaré esa mañana. Ángel llevaba trece meses con nosotros, amarrado con sus tensores y cuerdas, con sus alambres, anudado y asegurado en la oscuridad húmeda del sótano de mi casa, pero aún dormía: un instante burlesco y mentiroso que Ángel nos regalaba cada día: su silencio de cada mañana, el instante para el acontecimiento que resonase en mi relación con Martina y generase un encuentro, un intercambio con ella, una mezcla entre ambos cómo en aquellas noches de charlas con Ángel en las que intercambiábamos conceptos y pensamientos, y nos fundíamos y nos fugábamos por alguna dirección extraña… un instante burlesco!
Por intentar explicarlo y que se entienda, Ángel no sólo creía que todos los cuerpos se elevarían al espacio independientemente del peso de su masa, sino que además tenía la reducción de sus ecuaciones a niveles comprobables y explicables, entonces trataba de alertarnos y advertirnos, nos prevenía insistentemente aunque con palabras correspondientes a una lógica otra, hablaba de la visión del mundo heredada de una física que ya es antigua, había redactado una teoría acerca de la aceleración inversa de la gravedad, de la nueva curvatura del espacio, de sus grietas; del tiempo y del vacío; pero poco a poco sus palabras academicistas, sus explicaciones reduccionistas se fueron volviendo agresivas, gritos desquiciados y desgarrantes, insultos enfermos y llantos roncos. Entonces luego se puso violento, comenzó a golpear las paredes y los techos con las herramientas que encontraba allí abajo hasta que entonces ya no pudimos volver a bajar. Allí entonces quedó mi amigo, nosotros solo escuchábamos el ruido y los gritos que parecían desgarrar sus cuerdas vocales, pero ya no lo visitábamos, le arrojábamos la comida desde arriba, el agua, al principio algunas toallas y otros elementos de higiene, pero luego sólo arrojábamos la comida y el agua, y sin siquiera darnos cuenta comenzamos a tratarlo cómo a un animal desagradable. Sus insultos adoptaron idiomas extraños. Sonido, ruido que devino nuevo idioma, y su voz se oía cómo una especie de rugido grave y potente. Fue entonces cuando Martina y yo nos encantamos con la música. Bach, Chopin, Piazzolla, y tantos otros. Todo parecía conducir al silencio en el sentido de no decirnos nada.
Aquel trozo de mañana en la que cayeron cascotes inmensos fue un instante para el acontecimiento, pero sin embargo yo no quise atravesarlo. Martina llevaba puesta una musculosa verde, había recogido su flequillo detrás de la frente dándole peso a sus enormes ojos negros y, un has de luz, que pegaba por encima desde la lámpara calada, encendía su escote, lo iluminaba haciéndolo aún mas atractivo y deseable. Una musculosa verde y debajo nada, sus enormes pechos y sus pezones que se dibujaban en contorno contra la tela suave, señalando, empujando hacia fuera. Ese tres de noviembre la acompañé por el largo pasillo hasta el umbral, observé cómo movía sus curvas al caminar delante, cada uno de sus pasos y descubrí entonces que bombacha llevaba puesta, luego me adelanté, abrí la pesada puerta con ambas manos y la besé muy lentamente con mi lengua; la miré una vez más a sus bellos ojos negros y le dije adiós en silencio; sin saber que era para siempre.
Más tarde los siete colores del arco iris atravesaron un nubarrón oscuro que insistía solitario al tiempo en que Ángel se despertaba y comenzaba con su infierno sonoro; eso también lo recordaré.
Los móviles
Después de aquella mañana de enormes piedras ella nunca más volvió. Ni llamó, ni escribió una carta. Ni nadie me dijo nada de algo que le hubiese ocurrido a ella. Se fue hermosa, cómo hacía tiempo no la veía, con su musculosa verde y sin nada debajo, sin dejar rastros ni huellas. Se fue y día a día, de tanto extrañarla me fui sumergiendo en la melancolía más grande y oscura. Amor a un paso del odio, umbral, desgarro por la espera deseosa de que algún día llegase de nuevo siendo la misma mujer que era, por oír las llaves de pronto y verla sonriente y ausente pero cómodamente abrigada en mis brazos. Flotando en esa espera extensa y confusa comencé a descender lentamente hasta llegar al móvil: la intersección de todas las sensaciones que se mezclaban en el entonces. La idea, fue escarbando mi cerebro cómo un rizoma, bifurcándose por las capas cómo una cebolla hasta encontrar la última y más morbosa y al mismo tiempo la más hermosa. La intersección de todo. Acontecimiento. Satisfacción. Éxtasis. Moho. Olor. Sustancia. Materia. Magma primigenio del que fui desprendido y al que debía volver.
Unos días antes había pensado en abandonarlo, en correr a buscarla y dejarlo, pero luego, cuando comenzó a gritar esas palabras sin sentido, y comenzó a rugir, y a golpear ferozmente crujiendo cómo una bestia infantilizada en su desquiciado sacramento, finalmente me encontré, sin desearlo ni sospecharlo, en el lugar en donde la plenitud es igual a la nada, donde se terminan el pensamiento y el ser y entonces lleno no es mejor que vacío: la pleroma. Despojado y en vacuidad solté al piso los pinceles, tiré el atril con la tabla a un costado para pintar entonces la más bella de todas las obras. Finalmente lo había comprendido: debía soltarlo todo para lograrlo. Recordé entonces a Rothko y su abstracción en bloques, recordé su sangre y la comparé con la mía; estaba seguro de la belleza del momento, los símbolos se desplegaban unos tras otros, entonces lo hice: la creatura: energía informe y quietud.
Pasaron unos dos años desde aquella mañana de lluvias y enormes piedras. Aun la espero… hace tres noches que Ángel se pudre allí abajo. Largas cáusticas noches. Hay mucho olor. Su cuerpo se descompone y las moscas zumban por todas partes sin cesar un instante. Me sudan las orejas y parecen tapiadas por la cera. Los perros de los vecinos ladran, rascan las paredes.. Cucarachas que caminan y que vuelan en todas partes.. Las ratas transitan las cañerías, rumiantes debajo de los pisos de madera y por el patio, las oigo por las noches y las confundo con el zumbido de las moscas, estoy seguro en el sótano hay cientos de ellas. Temo que los vecinos comiencen a sospechar: el bao es rancio y pervierte el aire, penetra las fosas nasales hasta formar una mucosa adherida a las paredes de la nariz, una corneta de mocos amarillos y el pulso que me tiembla sobremanera.. El olor se expande viscoso por los ambientes, ha ganado todo el baño, sube desde la bañera y el inodoro.
Don Mateo ha venido ya dos veces, nunca he dejado que entre pero desde la puerta arqueaba el seño por sobre encima de mi hombro, la última vez dijo algo de las cloacas a lo que no preste atención… quizá deba contar todo a Don Mateo, con él tengo un vínculo especial.
Las formas
Ese atardecer en el que pintaba desganado Ángel comenzó a gritar. Gritaba y pegaba alaridos animales. Lloraba. Gemía tan fuerte cómo un cerdo en pleno sacrificio. Fue entonces cuando largué los instrumentos al suelo, ese fue el precioso instante a pesar de que aun no lo sabia, aun no era consciente de ello, subí pues el volumen a tope de esa maravillosa pieza musical y en ese preciso momento los violines surgieron imponentes; después el bandoneón ronco, el piano y el contrabajo: era La muerte del ángel…
Bajé al sótano maloliente después de mucho tiempo. Aún no sabía los móviles de tal decisión pero podía sentir la atracción del canal. Bajé lento y curioso, peldaño a peldaño y asombrosamente, peldaño a peldaño fui descubriendo que crecía mi apetito. Todo parecía ser válido, incluso los deseos más perversos. Al llegar al último escalón hice a un lado la cortina grasienta… al principio no me encontré con nada salvo el impacto del mal olor, pero luego, cuando mis pupilas se acostumbraron a la penumbra comencé a distinguir el contorno de una figura desgarrada y ensombrecida. Era Ángel, volvía a verlo después de mucho tiempo y sin más sentí un amor profundo e inmenso por él. Tenía el torso descubierto, descascarado, escamoso, sarnoso, cubierto de excrementos.. el cráneo en capas, sin pelos en algunas zonas mientras que en otras crecían largos mechones. Estaba encorvado y encogido. Tenía los ojos desorbitados, sueltos y flojos sobre las cuencas. Le faltaba una mano y en su lugar había un muñón formado, sus pupilas hinchadas y su baba espesa esparcida en toda su cara. Cómo hasta entonces, gritaba y no dejaba de hacerlo, pero yo no lo escuchaba. Arriba los violines se desgarraban de belleza: La muerte del ángel era mucho más poderosa que su rugido absurdo y entonces su voz no era mas que una mueca exagerada y sin sentido. Su boca abierta gritando muda dejaba descubiertas sus encías desdentadas, peladas, sangrantes; pero, el olor, el impacto del hedor que desprendía aquel cuerpo en descomposición, sin más, volvió a despertar mi apetito. Todo podía ser posible, el deseo era energía virgen que descansaba en lugares impensables, era real, era mi ética que se alzaba y se imponía por sobre encima de todo. Eran los signos puestos a luz… La primera patada fue seca sobre su pierna izquierda, sus huesos sonaron por sobre la música; las siguientes, una vez Ángel caído, fueron en la cabeza, en la cara, y en las costillas. Disfrutaba con cada golpe que le aplicaba, y con cada golpe más me sorprendía. Tomé un palo, algo así cómo la pata de una mesa y golpeé con fuerza varias veces en sus oídos: deseaba que sus tímpanos estallaran, le golpeaba frenéticamente las orejas con la idea fija en la cabeza descansando; un golpe tras otro y de vez en cuando pateaba sus costillas, las sentía quebrarse detrás de mis zapatos. Acudían nuevas ideas a mi mente, deseos de que sufriese un martirio en plena consciencia cómo el que yo he sufrido desde su llegada, por el sencillo equilibro, allí estaba la intersección, porque somos viejos amigos, y porque para ello fui su hospedador y porque para ello él acudió a mí sin titubeos y porque por ello ella se ha ido.
Estaba tendido en el piso cómo un cachorro tembloroso. Sufría espasmos y de cuando en cuando alzaba sus ojos y estoy convencido que nos reconocíamos, nos mirábamos emocionados y recordábamos nuestros tiempos pasados en una melancolía compartida. Un instante maravilloso. Cuánto más profundamente se exploran las cosas, más maravillosas y significativas se vuelven. Volví a golpear sus oídos con un amor sincero y supremo hasta que sangraron; fluyeron ríos de sangre agria y ácida desde sus orejas mientras se desvanecía de sordera. Cerró los ojos y se oprimió las sienes, la materia brotó cómo un vómito efervescente. Tembló de frío interno. Gimió levemente al tiempo que la orquesta cesaba el concierto: ciertas cosas desean suceder juntas.
Un charco rojo y espeso comenzó a crecer bajo su cuerpo convaleciente y tembloroso.
Las progresiones
Es la quinta noche. Cuatro interminables noches de insomnio y paranoia, más ésta que asoma. Las cosas no están bien, ésta tarde vino Don Mateo, golpeó la puerta y dejé que entre. He intentado explicarle los hechos, los motivos por los cuales los sucesos que han transcurridos. Quise hablarle de mi experiencia esperando encontrar en ese viejo rugoso algo de algo: compasión, complicidad, o lo que fuere; pero ni siquiera ese abuelo con huesos de fósil pudo apiadarse, ni aún pudo disfrutar del arte de ese simulacro que había allí abajo. Nada de nada. Por el contrario intentó huir como un enemigo, seguramente a hablarle a todos, a los vecinos, a la policía y a las revistas críticas de la materia. Intentó traicionarme pese a mis palabras claras; el mismo con quien una vez tuvimos una conversación tan interesante sobre Apollinaire, Dostoievsky, con quien hablamos de Miró, además de babosearnos con las improvisaciones de Kandinsky, el mismo con quien creí existía un vínculo especial corrió inocente hacia la puerta… sin saber que estaba con llave. Huyó cómo un insecto sin siquiera sospechar que había dado una vuelta a la cerradura, por si acaso. Hace unas horas que el viejo yace en el sótano junto a lo que queda de mi amigo..
Mi estómago no anda bien, sufre alguna especie de combustión, me siento descompensado, vomito a cada rato una viscosidad amarillenta y espesa, también he sufrido algún desmayo, aunque desconozca la duración de los lapsos. Puede que la densidad del aire sea la esencia de éste cuadro clínicamente extraño del que estoy sufriendo. Cuando Don Mateo comience a descomponerse esto será un matadero clandestino.. Las moscas son cada vez más, vuelan por todas partes y se posan sobre mi piel traspirada, absorben algo de mi interior pero ya me he acostumbrado a ellas, han imantado a mi cabeza un coro de zumbidos constantes, sus piezas me producen unas fuertes e insoportables jaquecas que me perforan cómo un taladro en el cráneo. Mis poros han absorbido la babosa estela que vuela en el ambiente y huelo a ellos… se impregna cómo un tapiz de corcho, tengo mareos y náuseas, tengo también algunos temblores. Las ratas me pasean entre las piernas, parecen gatos capaces de escabullirse debajo de una pequeña hendija, me han mordido varias veces. Cucarachas. De las canillas sale agua amarilla pero debo beberla para no deshidratarme, hace mucho calor aquí dentro y vuela una estela viscosa.. He tapiado las ventanas y las puertas clavando unas tablas hermosas incluyendo a mi preferida. Los símbolos se han revertido, la cosa esta podrida por adentro, me encuentro perdido y sólo, lejos de los afectos.. Extraño mucho a Martina, he soñado con ella en algún momento… extraño mucho sus ojos negros. Mi estado de salud ha desmejorado considerablemente. No es que piense lo peor, ni modo, es que entre el zumbido de mis oídos y mi estómago descompuesto he comenzado a preocuparme, además las fuertes jaquecas ya no dejan concentrarme.
Las posesiones
Después de golpear ferozmente a Ángel fumé un cigarrillo sentado sobre uno de los peldaños. Apreciaba desde la altura de la escalera la creatura con éxtasis. Mientras pitaba y aspiraba el humo también aspiraba con curiosidad el aroma rancio del cuerpo de mi amigo en descomposición. Sentía eso mientras fumaba y mientras ojeaba sus anotaciones, todas las fórmulas y sus comprobaciones, allí estaban sus ecuaciones y derivadas, sus integrales y las flechas hacia todas las direcciones. Recordé entonces los años de estudios en física y las incursiones en psicología y filosofía, comprendí que de verdad quería mucho a mi amigo. Me acerqué a él para abrazarlo y entonces absorbí cómo una bocanada de aire el olor de su carne sangrante. Tome el viejo hacha que brillaba su filo entre la oscuridad y la hendí sobre su hombro izquierdo separando el brazo entero del resto del cuerpo, fue un movimiento veloz y un corte perfecto. Luego la hundí en el derecho, el del muñón; después en las piernas, una a una, y por último el cuello. Separe todas sus extremidades y tome el torso para abrazarlo profundamente. Lo tuve entre mis brazos mientras comprendía que le había quitado la posibilidad de abrazarme. No lo necesité, sólo lo abracé y le confesé cuanto lo amaba. Su boca parecía seguir murmurando incoherencias desde el piso, sobre el charco de sangre que seguía vertiéndose desde sus orejas. Luego lo solté, lo puse en su sitio, en el espacio que me ofrecían todas sus extremidades cómo un rompecabezas a falta de una pieza. Lo observé con paciencia y pude reconocerlo perfectamente. Era muy inteligente y no había señal de que estuviese perturbado. Tome el cráneo y arranqué sus orejas con mis propias manos, le susurré unas palabras al oído y las lamí, posé una de ellas sobre mi lengua, dentro de mi boca. Las chupé y sentí que se ablandaban. Corté a Ángel en partes, hice varios filetes y los comí crudos sintiendo un profundo y prolongado éxtasis sexual. Bebí después algo de su sangre, aquella que se vertía del orificio en el que hace un instante estaban sus orejas; introduje uno de mis dedos en el orificio y sentí al tacto la materia allí dentro: sangre cerebral, pensé, en una de las experiencias más agradables y afrodisíacas jamás experimentada. Arranque sus ojos de las cuencas y bebí su líquido, su humor. Tome un brazo y lo comí a mordiscos lentos. Descubrí que si posaba la carne un instante en el paladar superior y con la lengua la humedecía, la carne se volvía cada vez más tierna y sabrosa. Lo recordaba en cada trozo que ingería, era una especie de comunión. Luego lo vomité, para después seguir comiéndolo. Comí de lo que vomite y recordé el accionismo vienes, supe que era el camino correcto.
Historia de Martina
Éste manuscrito fue hallado en el interior de la vivienda de Joaquín Baez en un domicilio del barrio de Flores, según las pericias, dos días después de su muerte producto de una intoxicación por ingerir carne humana. En el sótano se halló el cadáver de Mateo Molina y parte del cadáver de Ángel Balmaceda, podían allí observarse huellas claras de actos de canibalismo.
Martina Bayón salió de su casa el 3 de noviembre de 1991, tomó en ferrocarril Sarmiento a las once de la mañana y sacó boleto a Moreno. Cerca de Liniers fue asaltada y asesinada por unos bándalos quienes la arrojaron a las vías antes de darse a la fuga. Martina murió aplastada por el mismo tren en el que viajaba. Nadie reclamó el cuerpo de Martina Bayón y sus restos fueron enterrados en el cementerio de Chacarita.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)